viernes, 21 de julio de 2017

¿Cómo te llamo?




No sabes cuánto hubiera dado por quedarme esa noche contigo. Puede que sí, y me engañe a mí misma diciéndome que no me echas de menos, o que esto, no está acabando conmigo. 

No sé qué decirte, pero sí qué quiero. Te quiero, aquí, en el hueco entre tus inseguridades y mi sonrisa, cerca, sin kilómetros como barrera, conmigo, contigo, a sangre fría, o puede que hirviendo. Pero no vienes, o solo eres pasajero cuando deseo que seas piloto de este vuelo llamado amor que ya ni controlo, ni se si puedo. No me tocas, sigues lejos, acompañado por tus escalofríos, silencios tardíos y una indiferencia que más que molestarme, me destroza por echarte de menos. 

Nos echo, sí, contra los esquemas absurdos, de más, a contrarreloj y sin rodeos. No me ayudas, me bloqueo; me desordenas la felicidad, enloqueciendo lo poco que quedaba de cuerdo en este cuerpo.
Y aún así, con todo esto, sigues eligiendo ser pasajero cuando eres el avión entero, desde las alas hasta el equipo de vuelo, pasando por mi pecho y calándome hasta los huesos. 

Sigues diciendo "te quiero" pero me desespero, buscando excusas para no quedarte; bailando sin descanso hasta pisotear con tu actitud uno a uno todos los recuerdos.

Sigues diciendo tú todo. Y es curioso, porque todo, es justo lo que yo siento cuando cierras la puerta y dejas que sea el viento quien decida si mañana vendrás con la corriente o me abandonarás en otro de tus grandes, memorables, oscuros y tétricos momentos. 


No puedo llamarte despedida, pues siempre hay reencuentro. Tampoco eternidad, pues fugaz eres en cada intento. Te llamo amor, porque tuya soy en cada latido de este pecho, pero también dolor, porque juro que hay días que me lo arrancaría por seguir ahí aún con todo lo que le has hecho.








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