jueves, 22 de junio de 2017

No debería, pero sí.

Se que no debería, pero aquí estoy, escribiéndote; desangrando los recuerdos contra un folio en blanco que no se parece ni de lejos a ti. Aquí estoy, sí.


Aquí estoy,
tú no;
esa injusticia.


El tiempo sigue corriendo a una velocidad que ningún ser humano comprendemos. Es fugaz, pero no eterno, eso tú, con o sin relojes de por medio. Pero a falta de ti, buenas son las plumas, las tardes grises; los minutos que como agujas, se clavan sesenta veces por minuto y no se esfuman. Me llenan de ti, a veces incluso me abruman.

No sabría muy bien qué decir sin mencionarte cada dos palabras hasta en la situación más absurda. Que no sé, no quiero saber si disparas o apuñalas. Que no quiero tener que creer, soñar, caer para volverte a tener una noche más entre mis alas. Esas alas que tú forjaste, las dos columnas que llamo soporte y tú diste eso con cada abrazo, beso o palabra.

El amor que no vendías, regalabas. La ausencia sin tregua que acordamos no tener jamás. El camino que no andabas, sobrevolabas. La voz que no gritaba, calmaba. Tormenta sin nubes grises, luces que sin emergencias ni necesidad de vez en cuando, en tus ojos, esa preciosa casa, también parpadeaban para mudarme un par de noches a la semana.

El pasado que todos dicen debo dejar atrás, el único tiempo donde vivías y no me dejarás jamás. El presente, duelo que no puedo soportar, como una flor que no puedo deshojar; como esa rosa que aunque roja, de vez en cuando clava sus espinas en mi retina acompañada de un mar que me recuerda que no volverás.


Y como recordarte es lo que me queda, por enésima vez en mil vidas desearé (por escrito o sin papel) verte de nuevo al otro lado del arcén, sin más sueños, preguntas o porqués. Solo tú, yo, amor de mi vida: ángel custodio, mi gran ejemplo en la vida, el único y verdadero significado que di, doy y daré siempre a la palabra "mujer".


Te sigo echando de menos,
aunque no me oigas,
ya no me escuches
un día
volveremos a encontrarnos otra vez.


Te lo prometo.







sábado, 17 de junio de 2017

Limerencia paracaidista.




Por cualquier Sábado camuflado de Domingo de Enero. Por ser sin tener, siendo solo un sueño sempiterno que guardo como oro en paño en mi cuaderno. Por todo lo que escribo, borro, tacho y reescribo encima mio con fosforito en cada folio que garabateo sin sentido. Por la música alta, las luces apagadas y los sentimientos encendidos de madrugada. Ya sabes, esa guerra, sí, esa, la que empieza por tu nombre y cuando acaba sin ti a mi lado me desespera.  No se, es por todo un poco; mucho mas por nosotros que por otros.

Deseé tanto que fueras un acierto, tantas fueron las veces que me partí la cara contra el cemento por asegurar que tú sí, que esta vez no iba a salir mal. Aposté todo cuanto tenia y aún con la boca partida por todos los que decían que no ganaría, gané. Tuvimos nuestra bandera de victoria en el monte mas alto de nuestra memoria. Fuimos grandes; gigantes, imparables...o quizás solo fuimos, somos, deseamos ser dos personas sin miedo a tocarse las alas con un par de miradas que encenderían hogueras enteras si se cruzaran. Quizás después de todo solo somos más que esto, demasiado para el resto...un aterrizaje forzoso sin permiso para despegar o aterrizar de nuevo; como el paracaidista que salta cuando tiene mas miedo, sin permiso ni seguridad de llegar sano y salvo al suelo.

Puede que solo seamos eso, riesgo, pero joder, lo que daría por volver a arder en tu fuego; quemarme con la yema de tus dedos hasta grabar a fuego lento que esta vez sí, seremos; consumirnos en el deseo de tenernos, esta vez, sin peros. Solo tú, solo yo. Solo querernos, solo hacerlo sin más pretexto que volar juntos; correr de nuevo ese precioso, excitante y sin duda atractivo riesgo de intentarlo.




Y de repente, siempre, tú.