domingo, 8 de enero de 2017

Amor paracaidista pt. III (y última)

Luces rojas. Detonación y adiós. Llegó con la fuerza del otoño y se despidió de nosotros con la frialdad del invierno. Los mensajes de madrugada ya no colapsaban su buzón. Las cartas de amor eran un papel más quemado en su cajón. La sonrisa tonta fue sustituida por una curva temporal en proceso de reconstrucción que ni ella misma sabe cuanto durará. Por primera vez fue más que un corte por las alas. Los dos sintieron lo mismo. Era su propia autodestrucción llamando a la puerta de su corazón sin permiso; obligandolos a aterrizar sumisos a una despedida que rompía con todas las promesas y compromisos que juntos habían escrito. 

Fue triste. Y también demasiado cierto. Ella ya no tenía fuerzas para suspirar por amor al viento. Él sentía un peso en la espalda del mundo que atrincheraba su corazón. No podían quererse bien. Los dos sabían que esto solo era cuestión de tiempo. Y que putada...el momento de tocar tierra, de soltarse, de quererse por primera vez a medias sin saber muy bien que pasará. Él es fuerte por los dos, finge que puede seguir día a día sin escuchar su voz al otro lado del teléfono. Hace de tripas corazón sabiendo que cada madrugada será un reto que aunque intente superar en otras camas; ninguna serán ella. Nadie tendrá su vértigo lleno de dulzura. Nada será como los dos. Ella en cambio ha tirado la mochila. No quiere volar por un tiempo. Abrió la cremallera de sus miedos y se deja conocer por primera vez por dentro y no solo por él. Esta acojonada sin sus alas. Se tambalea cada mañana con su inseguridad disparándose casi sin querer al pecho con una pistola que no tiene balas de metal pero quema más que ninguna por dentro. La música suena más baja. Los dos a distintas alturas separados por una distancia absurda. Los dos rotos. Los dos queriéndose en silencio. Los dos siendo uno por separado. 

Y ahora, ¿qué? los móviles están fuera de cobertura emocional, las estrellas ya no brillan junto al paso del tiempo que cada día sienten que es más fugaz. Ya no estrechan manos, esconden ruinas. Ya no sonríen de verdad. Ya no se descubren, incluso se alejan. El orgullo es la nueva bandera que ondea la cumbre de sus caderas que una y mil veces fue sinónimo de guerra entre sus piernas. Ahora qué te preguntas...ahora nada. Se acabó el cuento sin alas. La chica paracaídas abandonó tras la caída y él, loco paracaidista sigue pensando que el cielo es demasiado grande para quedarse quieto viendo pasar la vida. Vuela, vuela y no frena buscando algo, alguien que le haga olvidar que ya no tiene su sonrisa. 

Puta distancia. Maldito aterrizaje. Jodido adiós. Se acabó. 




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